Testimonios Una Luz en la Noche (3)

por obradoiros
Yo tuve el gran regalo de estar en el ministerio de acogida.
Regalo porque no todos los días tienes la oportunidad de acompañar a un joven hasta Jesús en el altar, presentárselo, oír como le tiembla la voz al hacer su oración en alto, ver cómo le caen las lágrimas y sentir que le ha abierto su corazón a Jesús delante de ti.
Me convertí en testigo de excepción de esa intimidad entre los dos. Su oración se convirtió en la mía.
Llevaba toda la semana mentalizándome de que tenía que estar dispuesta a lo que fuera, que consistía en estar abierta. Le pedía a Jesús que me ayudase y todos los miedos y los nervios que tuve a lo largo del día, desaparecieron en la cola del altar. Escuché con atención la historia del joven y una vez que estuvimos a los pies de Jesús, dejé que las palabras salieran simplemente y le presenté su vida y su corazón.
Cuando el padre Andrea nos decía que Una Luz En La Noche era sobre todo una experiencia para los centinelas, tenía razón. En mi caso, en la acogida, es una sensación como de vaciarse uno mismo para convertirse en un medio para tu acompañado.
Al despedirse de mí, al joven aún le temblaba el pulso, me dio las gracias. Lo que no sabe es que me he emocionado tanto o más que él y que me hizo el regalo más grande esa noche: el poder compartir ese momento a su lado. Desde aquí también quiero darle las gracias a él.
Iciar Camuñas


El sábado pasado participé en la primera “Una luz en la noche” que se hacía en Galicia. Ya había ido al curso base de D. Andrea y Chiara, así que tenía una idea de lo que me iba a encontrar. La verdad es que después de hacer el curso salí muy motivada, pero cuando llegó el día… he de reconocer que estaba muerta de miedo. Creo que no me quedé tranquila hasta que me dijeron cual era mi misión aquella noche: me tocaba salir a la calle. Siempre había pensado que lo de salir a la calle era lo peor, que era lo más difícil de todo… y sí que tiene su parte de dureza, pero me di cuenta de que esa noche, todo lo hizo Jesús.
Lo que teníamos que hacer los que estábamos fuera era invitar a otros jóvenes, con toda la alegría del mundo, a la Iglesia. Pero esta invitación no podía ser de cualquier manera, tenía que ser un “La iglesia está abierta y Jesús te espera”. Suena un poco a locura, pero porque lo es. La parte de “Jesús te espera” era la más loca de todas y la que descolocaba a todo el mundo, decir su nombre sin vacilar, sin dudar para que los demás vieran que era verdad lo que les contábamos. Yo estaba segura de que al decir aquello, el 99% de las personas saldrían corriendo o nos llamarían de todo… ¡Pero no fue así! Hubo gente que de verdad nos preguntó, que tuvo curiosidad y se atrevió a hablar con nosotros con toda la naturalidad del mundo, gente que incluso delante de sus amigos ateos/agnósticos dijo: Pues yo sí creo.
Sin embargo, yo no mido el éxito de aquella noche por las personas que fueron a la Iglesia, o por cuantas personas me hicieron caso por la calle. Tampoco hay que basarse en un “Ah, pues conmigo ha hablado más gente que con aquel” porque fue Dios el que fue plantando semillas, que si bien no surtieron efecto aquella noche, puede que sí lo hagan dentro de meses, años… solo Él lo sabe.
Yo creo que lo mejor de todo fue el despertar que supuso en nosotros mismos, que fuimos capaces de evangelizar y contar que conocíamos la verdad, que es Jesús, sin miedo al qué dirán. Y es que aunque mil veces me hubieran rechazado, yo estaría contenta porque mil veces habría proclamado el nombre de Jesús. 
Macarena Palacios

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