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Buenas noches desde algún Ciber Café perdido por alguna calle de Nazaret de cuyo nombre no quiero acordarme (entre otras cosas porque no puedo).
Ha sido un jornada agotadora. Bien de mañana, los recepcionistas del hotel tocaron diana mientras desde los minaretes llamaban a los mulsulmanes a la oración. Desayuno, laudes y partimos hacia la Basílica de la Anunciación (es decir, cruzamos la calle) para celebrar allí la misa.

Ya imbuidos del maravilloso acontecimiento que hace poco más de 2000 años tuvo lugar allí, completamos nuestra visita al espectacular templo antes de seguir conociendo la ciudad donde transcurrió la mayor parte de la vida de Nuestro Señor.
Nos acercamos primero a lo que se llama el poblado evangélico, unas excavaciones arqueológicas que no muestran la vida en una aldea galilea del s.I. De allí a la Iglesia de San José de la Sagrada Familia (donde cuenta la tradición que vivieron) y rumbo a las estrechas y laberínticas calles del Zoco para llegar a la Sinagoga, construida sobre aquella en la que Jesús fue “tan bien recibido” y convertida ahora en iglesia católica de rito griego.

Vuelta al hotel para comer y reponer fuerzas para la tarde.

Comenzamos nuestro periplo por tierras galileas en el Monte Tabor, escenario de la Transfiguración y comprendimos por qué sólo tres discípulos subieron: era demasiado empinada y de aquella no había taxis ni taxistas mancos que les llevaran y trajeran al son de Aleluyas y reggaeton árabe.


(Pincha en la foto para ver lo bien que están de autoestima los taxistas del Tabor (al menos este))

Tras comprobar lo bien que se estaba allí, al fresquito que había dentro de la Basílica o debajo de algún árbol, llegó la hora de bajar y volver a coger el bus camino de algo más mundano: un bodorrio. En otras palabras, nos fuimos a Caná con la esperanza de que aún quedaran algunas gotas de ese famoso vino aguado. Y quedaban, aunque no sé yo si de la misma cosecha.

Pero antes de coger una melopea de escánd… digo… de degustar tan sabrosa bebida, tuvimos una celebración muy especial: Amparo y Jesús, el único matrimonio que nos acompaña en esta aventura, renovaron sus promesas matrimoniales, con arroz incluído.

Y para completar el día, casi nos quedamos tirados en medio de tierra de nadie porque el bus que tan amablemente conduce Hassan (o como se escriba) decidió que ya había terminado su jornada laboral y durante unos no tan tensos minutos nos abandonó a nuestra suerte en medio de una cuesta camino de Nazaret.

Para terminar, mientras Rafa y yo corremos peligros múltiples por la noche nazarena para escribir estas líneas, el resto del grupo está manteniendo un encuentro con el Guardián de Nazaret, es decir, el Superior de los Franciscanos en esta ciudad.

Un saludo desde estas tierras que manan leche y miel.

Ricardo Sanjurjo.

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